sábado, 23 de enero de 2016

SABER VIVIR ES SABER SUFRIR


Si amar es vivir, vivir es sufrir.

Amor, vida y sufrimiento mientras estemos en este mundo, son elementos inseparables. Van tan misteriosa e indisolublemente unidos, que pretender separarlos, aislarlos o desconectarlos uno de otro, es tarea imposible.


Si el amor no da vida, no es amor.
Si la vida no es vida de amor, no es vida.

Si la vida de amor no trae su carga de dolor, ni es vida ni es amor.
Si amas mucho, tendrás mucha vida, pero sufrirás mucho.
Si amas de verdad, vivirás de verdad, sufrirás de verdad.
Tu vida de amor será vida de dolor.
Así como el amor produce vida, vivir el amor produce dolor.
Empieza por reconocer, con sencillez y naturalidad, que no sabes amar, que no sabes vivir, que no sabes sufrir.
Tu razón de ser y de existir es el amor, pero no sabes amar.
Tu razón de vivir es el amor, pero no sabes vivir.
Estás programado para amar, para vivir, pero no sabes sufrir.

No busques un amor fácil, una vida sin amor, una existencia sin sufrimiento. Te encontrarás con una caricatura del amor, con una vida que no merece el nombre de vida, con un callejón sin salida, con un sin fin de sufrimientos, tan absurdos como insoportables.

Tu amor debe ser auténtico; tu vida, una vida de amor legítimo; tu sufrimiento, el amor hecho vida.

Recuerda siempre: que el amor de verdad, es, siempre, una cruz, una verdadera cruz. Tu vida será vida de amor si vives proyectado hacia Dios, hacia tus prójimos. Tu vida, para ser vida de amor, ha de tener siempre la forma de una cruz. Tu vida ha de ser vertical (dirigida continuamente hacia Dios) y horizontal (proyectada permanentemente hacia el prójimo). Si falta verticalidad o la horizontalidad (si excluyes a Dios o al prójimo) ya no hay cruz, ya no hay verdadero amor. Tu vida sin cruz será filantropía, humanismo, preocupación social... pero no será amor.

Tú sabes lo que implica la cruz: sacrificio, sufrimiento, renuncia, inmolación, donación, muerte de uno mismo. La vida de amor, la única que es verdadera vida y que vale la pena, es: entrega, donación, muerte al propio egoísmo. Si pretendes vivir sin amor o amar sin dolor, eliges una ilusión y te engañas miserablemente. La vida es vida por el amor, y el amor por el dolor. Un amor sin donación y sin muerte al propio egoísmo, es todo menos amor. Será sentimentalismo, emoción, pero no será amor.

Basta un poquito de buena voluntad para darse cuenta de lo mucho que estamos apegados a nuestro ego. Nuestro egoísmo está tan arraigado y extendido en todo nuestro ser que se resiste a dejarse arrancar. Nos cuesta tremendamente salir de nosotros mismos, dar lo nuestro, darnos a nosotros mismos. Por eso, el decidirse a amar supone: vaciarnos de nosotros mismos para dejarnos poseer por la persona amada. Esto supone ganancia y crecimiento. Ganamos los dos, crecemos los dos. Para lograr eso, inmolamos nuestro ego, sacrificamos nuestra comodidad, arrancamos nuestro egoísmo, quitamos todo lo que implique auto-complacencia e interés propio. Nos concentramos en buscar, directa e intencionadamente el bien, provecho y crecimiento de la persona amada, convencidos de que es el mejor servicio que nos podemos prestar a nosotros mismos.

Para empezar a amar es preciso ser muy exigentes y honrados con nosotros mismos. Tenemos una facilidad impresionante para utilizar a la persona amada en beneficio propio. Con razones muy “válidas”, con frases muy “románticas”, camuflamos nuestro egoísmo, escondemos nuestras verdaderas intenciones. Tras esas razones y frases late un solo anhelo: reafirmarnos, asegurar nuestro propio provecho y placer, a costa de la persona a quien decimos amar. El amor nos tiene que doler. Si amamos, renunciamos a nuestro gusto, a todo lo que favorezca nuestro ego. Y lo hacemos conscientes de que esto nos causa dolor, pero nos llena de gozo el saber que esto causa provecho, hace bien a la persona amada, para quien queremos lo mejor, convencidos de que estas renuncias y sacrificios son la mejor inversión que podemos hacer en orden a nuestro propio crecimiento y felicidad. Por eso, aceptamos libre y gustosamente el sacrificio, todos los sufrimientos como precio que hay que pagar para vivir el amor, para alcanzar nuestra plenitud en comunión con la persona amada.

Fuente: P.J.L.Alonso

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